Páginas

martes, 23 de agosto de 2016

El buzón


El buzón
Ella estaba de rodillas junto al viejo buzón. Ella con la vergüenza y él con su pacífica indiferencia. Ella vio en el suelo, muy cerca de su ánimo, el fruto de sus años vacíos, de hueca adoración hacia sí misma: el templo a su ego. No le quedó nadie por dañar ni daño por hacer. Hasta del buzón se burló. Solía imaginarlo como un enano hechizado, condenado a su triste rol de intermediario de emociones ajenas y prensadas. Pero ahora lo necesitaba. Ahora tenía que hurgar dentro de él. Tarde descubrió que hasta ella podía amar a otro; tarde, cuando ya no podía torcer el destino del desengaño y el desconsuelo. El que amaba la ignoró sin un gesto, como a esas cosas que ni siquiera llegan a no importar. Y sintió en carne propia su siembra de humillación y desapego. Llovía en medio de la escena de su prosternación junto al buzón. Y la lluvia, lejos de limpiarla dejaba a la vista la mugre de su alma, las vísceras de su odio y su levedad. Tiempo atrás le había jurado a su amor no correspondido que podía cambiar y sólo le había pedido unas pocas palabras escritas por toda respuesta. Acababa de regresar después de unos días de reflexión. Por eso estaba allí. Con su vestido rojo, apelmazado y con su pelo alborotado por la torpeza o el rencor del viento. Pero aun en ese momento no pudo consigo misma. Hizo un movimiento de hombros y elevó el mentón con altanería. Esa oleada de vanidad decidió su suerte. Ella no tuvo coraje y el buzón no tuvo una carta.

Texto: Javier Rago
Dibujo: Fer Gris