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miércoles, 31 de agosto de 2016

Elegía del alfarero y La Muerte


Halîm , el alfarero, enfermo de una grave dolencia, perdonó la deuda de juego a su ocasional adversario llamado Farûq. Éste, en agradecimiento, le confesó que lo había elegido como contrincante por una razón. Poco antes de que jugaran la partida de tawla había escuchado una breve conversación entre el dueño de aquel antro de apuestas y La Muerte. Por esa conversación, Farûq pensó que Halîm moriría prontamente y especulaba con apropiarse de sus caudales.
La conversación que escuchó Farûq, oculto entre las sombras:
–¡No, por favor! –rogó el dueño el antro–. ¡No me lleves! ¡Todavía no he ganado lo suficiente!
–¿Y cuánto tiempo estimas que yo debería esperarte? –preguntó La Muerte entre divertida y burlona.
–¡Hasta el final de la noche!
–¿De qué te servirá lo que ganes si te llevo cuando lo acabes de ganar?
–Había pensado ofrendarte un donativo que pudiera extender mi tiempo aquí...
–Debiste pactar con el diablo cuando había tiempo. Yo no alargo ni retengo ni negocio un hilo de vida.
El dueño, aterrado,  abrió la boca pero sólo emergió un sonido gutural.
La Muerte dijo, ya menos afecta a la cortesía:
–No he venido por ti sino por un alfarero falto de fe que pretende ganar en una noche los dinares que no confía en cosechar haciendo buen uso de su noble oficio.
–¡Se llama Halîm! ¡Halîm! –proclamó el dueño como si lo estuviesen torturando para que hablara, apuntando su dedo como una lanza–. ¡Es aquel de túnica clara!
Tras el relato del arrepentido Farûq, Halîm se levantó de su asiento y miró en los largos y poblados corredores del antro. Encontró el rostro de La Muerte, que lo estaba mirando. Y huyó a la carrera.
Halîm se alejó de sus cosas, pero primero pasó por su choza y llevó consigo lo necesario para un exilio incierto. Pronto se corrió el rumor de que La Muerte lo perseguía y ya nadie le dio asilo en la aldea. De modo que enseguida se encontró desesperado y a la deriva.
En esas circunstancias, Halîm ideó un plan demencial. Habló con cada comerciante, vendedor y puestero, con cada persona apostada en la calleja principal y les dio detalles precisos de su ubicación. A todos les indicó una dirección diferente. Cuando La Muerte preguntó por su paradero, todos le respondieron cosas distintas. Ella lo buscó en cada lugar referido sin éxito.
Pero la idea de tener a La Muerte alentando en su nuca lo llenaba de espanto y de una creciente enajenación persecutoria. Así que Halîm de inmediato urdió otra estratagema. Por ello él se propuso acosarla: sería él quien la estaría siguiendo; repetiría sus pasos pisando sus huellas frescas pero no demasiado inmediatas, a una distancia prudente.
Para sorpresa de Halîm, La Muerte no tardó demasiado en abandonar la búsqueda. Así, el alfarero profesó un largo suspiro de alivio. Se sentía eufórico. Cada inhalación estaba bien ganada, porque él ya debería estar muerto. Disfrutaba de todo cuanto le deparaban sus sentidos; se sentía beduino, porque ya nada le pertenecía y lo había robado todo. Él, Halîm, ¡había vencido a La Muerte!
Pero poco duró su algarabía. Su padecimiento físico había remitido. Pero al pasar los días empezó otra vez a experimentar la sensación persecutoria. Miraba hacia todas partes y se sentía inseguro sin poder controlar la ubicación de su implacable perseguidora. La buscó con sigilo, primero, sin disimulo ni recato después. La llamó a gritos, queriéndola ver aparecer sin que Ella lo tomara por sorpresa, como siempre contaban las historias. Y cada día se volvió agónico, suplicante. Imploró por su aparición terminal. Nada...
Pasaron los años, Halîm lo había perdido todo. Estaba envejecido hasta lo indecible. Había perdido la salud y la esperanza por el futuro y había desperdiciado en vida la esencia de vivir. Y ahora ya esperaba a La Muerte con el anhelo del que no tiene más lugar para las sorpresas.
Y La Muerte llegó...
–Ahora –dijo Halîm con penoso esfuerzo y juntando el aire en sorbos–, cuando llevo bebiendo todos los relojes de arena, llegas... ¡tarde!
–No soy yo quien se ajusta a la hora –sentenció la que escolta a todos a cruzar la última puerta–. La hora la decide el paso que me detiene junto a ti.
–Eso no parece ser muy cierto –se jactó Halîm con visible y audaz altanería–... Hace años, cuando era joven, intentaste atraparme y burlé tus pasos.
La Muerte lo miró con súbita comprensión  y se compadeció de él.
–Hace años, cuando te buscaba, no me burlaste. Te vi detrás de mí evitando el encuentro y decidí postergarlo. Pero en aquel entonces yo no pensaba llevarte. Sólo iba a decirte que tu dolencia no revestía seriedad y que –para compensarte la angustia de creer que morirías– recién en tu vejez pasaría por ti.

Texto: Javier Rago
Dibujo: Fer Gris