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lunes, 31 de octubre de 2016

Mascaró


Estamos haciendo una versión en historieta de la novela"Mascaró, el cazador americano" de Haroldo Conti, Daniel Schor en guión y yo en dibujos. Se puede leer aquí.-



lunes, 3 de octubre de 2016

La batalla


La batalla Javier Rago

–Conducíos hacia la parte más abierta del desierto. Y desarrollad allí la batalla.
–¡Es un suicidio! Delataríamos nuestras posiciones y no tendríamos refugio. Seríamos un blanco fácil, más que fácil: una ofrenda para nuestros enemigos.
El general hablaba sin meditar, exponiendo sus estrategias de libro, con voz desmedida, como si el interlocutor que tenía a su lado se encontrara a una decena de metros.
El mago adquirió una expresión paciente, emparentada con la resignación. Conocía de sobra la reacción de los incrédulos, sin importar su oficio.
–Pero viniste aquí por mi consejo. Haz lo que te digo y ningún enemigo alzará sus armas contra tus soldados.
– ¿Y eso es todo?
–No. Debes entender que si tu deseo está sostenido por la ambición y no por el bien común, la magia puede alterarse de forma incierta.
–Sólo deseo acabar con esta guerra derramando la menor cantidad de sangre posible.
–Entonces no hay más que decir...

* * *

Esa misma tarde se adentraron en el desierto. Y lo mismo hicieron sus enemigos hasta rodearlos. Eran mil contra doscientos. Pasó un largo minuto en total silencio. La tensión era notoria. El aleteo de un pájaro podría haber quebrado la inacción. Aquella era una trampa perfecta a la que se habían dejado arrastrar por las palabras de un viejo. Pero los adversarios dejaron caer las armas. Curiosamente a las armas siguieron los escudos, después las armaduras. Con estrépito quejumbroso resonaron los bronces. El general esbozó una muda plegaria de satisfacción. El asombro no cejaba...
El primer oficial le recomendó redactar los términos de la rendición enemiga y dar por terminada la batalla. Pero aquella situación impensable de triunfo ante la superioridad numérica sedujo al general, quien mirando con ojos muy abiertos decidió atacar. Si bien los adversarios eran muchos, estaban desarmados, reducidos. Sería una masacre, un triunfo al fin y al cabo, y algo para contar en la vejez.
Pero ahora los soldados suyos dejaron las armas. Repitieron como un rito los actos de sus contrincantes. Aunque esta vez todo fue más lejos. Se sentaron en la arena. Otros se recostaron. Algunos comenzaron a adormecerse. Pronto todos se quedaron quietos. Después de un rato el primer oficial se acercó arrastrándose penosamente hasta su general y le dijo con su último aliento:
–Están... todos... muertos
Con ironía sonrió el general. Y cerró sus ojos como antes de abrirlos por primera vez. Y sólo permaneció de pie el ejército enemigo.